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EL MAR Y LAS CAMPANAS

 

 

[1971-1973]

Inicial

Hora por hora no es el día,

es dolor por dolor:

el tiempo no se arruga,
no se gasta:

mar, dice el mar,

sin tregua,

tierra, dice la tierra:

el hombre espera.

 

Y solo

su campana

allí está entre las otras

guardando en su vacío

un silencio implacable

que se repartirá cuando levante

su lengua de metal ola tras ola.

De tantas cosas que tuve,

andando de rodillas por el mundo,

aquí, desnudo,

no tengo más que el duro mediodía

del mar, y una campana.

Me dan ellos su voz para sufrir

y su advertencia para detenerme.

Esto sucede para todo el mundo:

continúa el espacio.

Y vive el mar.

Existen las campanas.

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Del ditirambo a la raíz del mar
se extiende un nuevo tipo de vacío:
no quiero más, dice la ola,
que no sigan hablando,
que no siga creciendo
la barba del cemento
en la ciudad:
estamos solos,
queremos gritar por fin,
orinar frente al mar,
ver siete pájaros del mismo color,
tres mil gaviotas verdes,
buscar el amor en la arena,
ensuciar los zaparos,
los libros, el sombrero, el pensamiento
hasta encontrarte, nada,
hasta besarte, nada,
hasta cantarte, nada,
nada sin nada, sin hacer
nada, sin terminar
lo verdadero.


Regresando

Yo tengo tantas muertes de perfil
que por eso no muero,
soy incapaz de hacerlo,
me buscan y no me hallan
y salgo con la mía,
con mi pobre destino
de caballo perdido
en los porreros solos
del sur del Sur de América:
sopla un viento de fierro,
los árboles se agachan
desde su nacimiento:
deben, besar la tierra,
la llanura:
llega después la nieve
hecha de mil espadas
que no terminan nunca.
Yo he regresado
desde donde estaré,
desde mañana viernes,
yo regresé
con todas mis campanas
y me quedé plantado
buscando la pradera,
besando tierra amarga
como el arbusto agachado.
Porque es obligatorio
obedecer al invierno,
dejar crecer el viento
también dentro de ti,
hasta que cae la nieve,
se unen el hoy y el día,
el viento y el pasado,
cae el frío,
al fin estamos solos,
por fin nos callaremos.
Gracias.


[Gracias, violines, por este día]

Gracias, violines, por este día
de cuatro cuerdas. Puro
es el sonido del cielo,
la voz azul del aire.


[Parece que un navío diferente]

Parece que un navío diferente
pasará por el mar, a cierra hora.
No es de hierro ni son anaranjadas
sus banderas:
nadie sabe de donde
ni la hora:
todo está preparado
y no hay mejor salón, todo dispuesto
al acontecimiento pasajero.
Está la espuma dispuesta
como una alfombra fina,
tejida con estrellas,
más lejos el azul,
el verde, el movimiento ultramarino,
todo espera.
Y abierto el roqueño,
lavado, limpio, eterno,
se dispuso en la arena
como un cordón de castillos,
como un cordón de torres.
Todo
está dispuesto,
está invitado el silencio,
y hasta los hombres, siempre distraídos,
esperan no perder esta presencia:
se vistieron como en día domingo,
se lustraron las botas,
se peinaron.
Se están haciendo viejos
y no pasa el navío.


[Cuando yo decidí quedarme claro]

Cuando yo decidí quedarme claro
y buscar mano a mano la desdicha
para jugar a los dados,
encontré la mujer que me acompaña
a troche y moche y noche,
a nube y a silencio.

Matilde es ésta,
ésta se llama así
desde Chillan,
y llueva
o truene o salga
el día con su pelo azul
o la noche delgada,
ella,
déle que déle,
lista para mi piel,
para mi espacio,
abriendo codas las ventanas del mar
para que vuele la palabra escrita,
para que se llenen los muebles
de signos silenciosos,
de fuego verde.


[Declaro cuatro perros]

Declaro cuatro perros:
uno ya está enterrado en el jardín,
otros dos me sorprenden,
minúsculos salvajes
destructores,
de patas gruesas y colmillos duros
como agujas de roca.
Y una perra greñuda,
distante,
rubia en su cortesía.
No se sienten sus pasos de oro suave,
ni su distante presencia.
Solo ladra muy tarde por la noche
para ciertos fantasmas,
para que solo ciertos ausentes escogidos
la oigan en los caminos
o en otros sitios oscuros.


[Vinieron unos argentinos]

Vinieron unos argentinos,
eran de Jujuy y Mendoza,
un ingeniero, un médico,
tres hijas como tres uvas.
Yo no tenía nada que decir.
Tampoco mis desconocidos.
Entonces no nos dijimos nada,
solo respiramos juntos
el aire brusco del Pacífico sur,
el aire verde
de la pampa líquida.
Tal vez se lo llevaron de vuelta a sus ciudades
como quien se lleva un perro de otro país,
o unas alas extrañas,
un ave palpitante.


[Yo me llamaba Reyes, Catrileo]

Yo me llamaba Reyes, Catrileo,
Arellano, Rodríguez, he olvidado
mis nombres verdaderos.
Nací con apellido
de robles viejos, de árboles recientes,
de madera silbante.
Yo fui depositado
en la hojarasca:
se hundió el recién nacido
en la dcrroüi y en el nacimiento
de selvas que caían
y casas pobres que recién lloraban.
Yo no nací sino que me fundaron:
me pusieron todos los nombres a la vez,
todos los apellidos:
me llame matorral, luego circulo,
alerce y luego trigo,
por eso soy tanto y tan poco,
tan multitud y tan desamparado,
porque vengo de abajo,
de la tierra.


[Salud, decimos cada día]

Salud, decimos cada día,
a cada uno,
es la tarjeta de visita
de la falsa bondad
y de la verdadera.
Es la campana para reconocernos:
aquí estamos, salud!
Se oye bien, existimos.
Salud, salud, salud,
a éste y al otro, a quién,
y al cuchillo, al veneno
y al malvado.
Salud, reconocedme,
somos iguales y no nos queremos,
nos amamos y somos desiguales,
cada uno con cuchara,
con un lamento especial,
encantado de ser o de no ser:
hay que disponer de tantas manos,
de tantos labios para sonreír,
salud!
que ya no queda tiempo
salud!
de enterarse de nada
salud!
de dedicarnos a nosotros mismos
si es que nos queda algo de nosotros,
de nosotros mismos.
Salud!


[Hoy cuántas horas van cayendo]

Hoy cuántas horas van cayendo
en el pozo, en la red, en el tiempo:
son lentas pero no se dieron tregua,
siguen cayendo, uniéndose
primero, como peces,
luego como pedradas o bucerías.
Allá abajo se entienden
las horas con los días,
con los meses,
con borrosos recuerdos,
noches deshabitadas,
ropas, mujeres, trenes y provincias,
el tiempo se acumula
y cada hora
se disuelve en silencio,
se desmenuza y cae
al ácido de todos los vestigios,
al agua negra
de la noche inversa.


[Conocí al mexicano Tihuatín]

Conocí al mexicano Tihuatín
hace ya algunos siglos, en Jalapa,
y luego de encontrarlo cada vez
en Colombia, en Iquique, en Arequipa,
comencé a sospechar de su existencia.
Extraño su sombrero
me había parecido cuando
el hombre aquel, alfarero de oficio,
quiere el hombre mojarse en agua pura,
en viento elemental, y no consigue
sino volver al pozo de sí mismo,
a la minúscula preocupación
de si existió, de si supo expresar
o pagar o deber o descubrir,
como si yo fuera tan importante
que tenga que aceptarme o no aceptarme
la tierra con su nombre vegetal,
en su teatro de paredes negras.


[Hace tiempo, en un viaje]

Hace tiempo, en un viaje
descubrí un río:
era apenas un niño, un perro, un pájaro,
aquel río naciente.
Susurraba y gemía
entre las piedras
de la ferruginosa cordiilera:
imploraba existencia
entre la soledad de cielo y nieve,
allá lejos, arriba.

Yo me sentí cansado
como un caballo viejo.
junto a la criatura natural
que comenzaba a correr,
a saltar y crecer,
a cantar con voz clara,
a conocer la tierra,
las piedras, el transcurso,
a caminar noche y día,
a convertirse en trueno,
hasta llegar a ser vertiginoso,
vivía de la arcilla mexicana
y luego fue arquitecto, mayordomo
de una ferretería en Venezuela,
minero y alguacil en Guatemala.
Yo pensé cómo, con la misma edad,
solo trescientos años,
yo, con el mismo oficio, ensimismado
en mi campanería,
con golpear siempre piedras o metales
para que alguien oiga mis campanas
y conozca mi voz, mi única voz,
este hombre, desde muertos años
por ríos que no existen,
cambiaba de ejercicio?

Entonces comprendí que él era yo,
que éramos un sobreviviente más
entre otros de por acá o aquí,
otros de iguales linajes enterrados
con las manos sucias de arena,
naciendo siempre y en cualquiera parte
dispuestos a un trabajo interminable.


[A ver, llamé a mi tribu y dije: a ver]

A ver, llamé a mi tribu y dije: a ver,
quiénes somos, qué hacemos, qué pensamos.
El más pálido de ellos, de nosotros,
me respondió con otros ojos,
con otra sinrazón, con su bandera.
Ese era el pabellón del enemigo.
Aquel hombre, tal vez, tenía derecho
a matar mi verdad, así pasó
conmigo y con mi padre, y así pasa.
Pero sufrí como si me mordieran.


[Hoy a ti: larga eres]

Hoy a ti: larga eres
como el cuerpo de Chile, y delicada
como una flor de anís,
y en cada rama guardas testimonio
de nuestras indelebles primaveras.
¿Qué día es hoy? Tu día.
Y mañana es ayer, no ha sucedido,
no se fue ningún día de tus manos:
guardas el sol, la tierra, las violetas
en tu pequeña sombra cuando duermes.
Y así cada mañana
me regalas la vida.


[Les contaré que en la ciudad viví]

Les contaré que en la ciudad viví
en cierra calle con nombre de capitán,
y esa calle tenía muchedumbre,
zapaterías, ventas de licores,
almacenes repletos de rubíes.
No se podía ir o venir,
había tantas gentes
comiendo o escupiendo o respirando,
comprando y vendiendo trajes.
Todo me pareció brillante,
todo estaba encendido
y era todo sonoro
como para cegar o ensordecer.
Hace ya tiempo de esta calle,
hace ya tiempo que no escucho nada,
cambié de estilo, vivo entre las piedras
y el movimiento del agua.
Aquella calle tal vez se murió
de muertes naturales.


[De un viaje vuelvo al mismo punto]

De un viaje vuelvo al mismo punto,
por qué?
Por qué no vuelvo donde antes viví,
calles, países, continentes, islas,
donde tuve y estuve?
Por qué será este sitio la frontera
que me eligió, qué tiene este recinto
sino un látigo de aire vertical
sobre mí rostro, y unas flores negras
que el largo invierno muerde y despedaza?
Ay, que me señalan: éste es
el perezoso, el señor oxidado,
de aquí no se movió,
de este duro recinto:
se fue quedando inmóvil
hasta que ya se endurecieron sus ojos
y le creció una yedra en la mirada.


[Se vuelve a yo como a una casa vieja]

Se vuelve a yo como a una casa vieja
con clavos y ranuras, es así
que uno mismo cansado de uno mismo,
como de un traje lleno de agujeros,
trata de andar desnudo porque llueve,
hasta llegar a la tranquilidad,
hasta ser ancho y regalar el agua,
hasta ser patriarcal y navegado,
este pequeño río,
pequeño y torpe como un pez metálico
aquí dejando escamas al pasar,
gotas de plata agredida,
un río
que lloraba al nacer,
que iba creciendo
ante mis ojos.

Allí en las cordilleras de mí patria
alguna vez y hace tiempo
yo vi, toqué y oí
lo que nacía:
un latido, un sonido entre las piedras
era lo que nacía.


[Pedro es el cuándo y el cómo]

Pedro es el cuándo y el cómo,
Clara es tal vez el sin duda,
Roberto, el sin embargo:
todos caminan con preposiciones,
adverbios, sustantivos
que se anticipan en los almacenes,
en las corporaciones, en la calle,
y me pesa cada hombre con su peso,
con su palabra relacionadora
como un sombrero viejo:
adonde van? me pregunto.
Adonde vamos
con la mercadería
precautoria,
envolviéndonos en palabritas,
vistiéndonos con redes?

A través de nosotros cae como la lluvia
la verdad, la esperada soluciòn:
vienen y van las calles
llenas de pormenores:
ya podemos colgar como rapices
del salòn, del balcòn, por las paredes,
los discursos caídos
al camino sin que nadie se quedara con nada,
oro o azúcar, seres verdaderos,
la dicha,
todo esto no se habla,
no se roca,
no existe, así parece, nada claro,
piedra, madera dura,
base o elevaciòn de la materia,
de la materia feliz,
nada, no hay sino seres sin objeto,
palabras sin destino
que no van más allá de tu y yo,
ni más acá de la oficina:
estamos demasiado ocupados:
nos llaman por teléfono
con urgencia
para notificarnos que queda prohibido
ser felices.


[Un animal pequeño]

Un animal pequeño,
cerdo, pájaro o perro
desvalido,
hirsuto entre plumas o pelo,
oí toda la noche,
afiebrado, gimiendo.

Era una noche extensa
y en Isla Negra, el mar,
todos sus truenos, su ferretería,
sus toneles de sal, sus vidrios rotos
contra la roca inmóvil, sacudía.

El silencio era abierto y agresivo
después de cada golpe o catarata.

Mi sueño se cosía
como hilando la noche interrumpida
y entonces el pequeño ser peludo,
oso pequeño o niño enfermo;
sufría asfixia o fiebre,
pequeña hoguera de dolor, gemido
contra la noche inmensa del océano,
contra la torre negra del silencio,
un animal herido,
pequeñito,
apenas susurrante
bajo el vacío de la noche,
solo.


[No hay mucho que contar]

No hay mucho que contar
para mañana
cuando ya baje
al Buenosdías
es necesario para mí
este pan
de los cuentos,
de los cantos.
Antes del alba, después de la cortina
también, abierta al sol del frío,
la eficacia de un día turbulento.

Debo decir: aquí estoy,
esto no me pasó y esto sucede:
mientras ranro las algas del océano
se mecen predispuestas

a la ola,
y cada cosa tiene su razòn:
sobre cada raròn un movimiento
como de ave marina que despega
de piedra o agua o alga flotadora.

Yo con mis manos debo
llamar: Venga cualquiera.

Aquí está lo que rengo, lo que debo,
oigan la cuenta, el cuento y el sonido.

Así cada mañana de mi vida
traigo del sueño otro sueño.


[Llueve]

Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas
de mi amor sempiterno,
la sal de cada día:
regresa lluvia a tu nido anterior,
vuelve con tus agujas al pasado:
hoy quiero el espacio blanco,
el tiempo de papel para una rama
de rosal verde y de rosas doradas:
algo de la infinita primavera
que hoy esperaba, con el cielo abierto
y el papel esperaba,
cuando volviò la lluvia
a tocar tristemente
la ventana,
luego a bailar con furia desmedida
sobre mi corazòn y sobre el techo,
reclamando
su sitio,
pidiéndome una copa
para llenarla una vez más de agujas,
de tiempo transparente,
de lágrimas.


[En pleno mes de junio]

En pleno mes de junio
me sucedió una mujer,
más bien una naranja.
Está confuso el panorama;
tocaron a la puerta:
era una ráfaga,
un látigo de luz,
una tortuga ultravioleta,
la vi
con lentitud de telescopio,
como si lejos fuera o habitara
esta vestidura de estrella,
y por error del astrònomo
hubiera entrado en mi casa.


[Esta campana rota]

Esta campana rota
quiere sin embargo cantar:
el metal ahora es verde,
color de selva tiene la campana,
color de agua de estanques en el bosque,
color del día en las hojas.

El bronce roto y verde,
la campana de bruces
y dormida
fue enredada por las enredaderas,
y del color oro duro del bronce
pasó a color de rana:
fueron las manos del agua,
la humedad de la costa,
que dio verdura al metai,
ternura a la campana.

Esta campana rota
arrastrada en el brusco matorral
de mi jardín salvaje,
campana verde, herida,
hunde sus cicatrices en la hierba:
no llama a nadie más, no se congrega
junto a su copa verde
más que una mariposa que palpita
sobre el metal caído y vuela huyendo
con alas amarillas.


[Quiero saber si usted viene conmigo]

Quiero saber si usted viene conmigo
a no andar y no hablar, quiero
saber si al fin alcanzaremos
la incomunicaciòn: por fin
ir con alguien a ver el aire puro,
la luz listada del mar de cada día
o un objeto terrestre
y no tener nada que intercambiar
por fin, no introducir mercaderías
como lo hacían los colonizadores
cambiando baratijas por silencio.

Pago yo aquí por tu silencio.

De acuerdo: yo te doy el mío
con una condición: no comprendernos.


(H. V.)

Me sucedió con el fulano aquél
recomendado, apenas conocido,
pasajero en el barco, el mismo barco
en que viajé fatigado de rostros.
Quise no verlo, fue imposible.
Me impuse otro deber conrra mi vida:
ser amistoso en vez de indiferente
a causa de su rápida mujer,
alta y bella, con frutos y con ojos.

Ahora veo mi equivocaciòn
en su triste relato de viajero.


Fui generoso provincianamente.

No creció su mezquina condición
por mi mano de amigo, en aquel barco,
su desconfianza en sí siguiò más fuerte
como si alguien pudiera convencer
a los que no creyeron en sí mismos
que no se menoscaben en su guerra
contra la propia sombra. Así nacieron.


[No un enfermizo caso, ni la ausencia]

No un enfermizo caso, ni la ausencia
de la grandeza, no,
nada puede matar nuestro mejor,
la bondad, sí señor, que padecemos:
bella es la flor del hombre, su conducta
y cada puerta es la bella verdad
y no la susurrante alevosía.

Siempre saqué de haber sido mejor,
mejor que yo, mejor de lo que fui,
la condecoraciòn más taciturna:
recobra aquel peíalo perdido
de mi melancolía hereditaria:
buscar una vez más la luz que canta
dentro de mí, la luz inapelable.


[Sí, camarada, es hora de jardín]

Sí, camarada, es hora de jardín
y es hora de batalla, cada día
es sucesiòn de flor o sangre:
nuestro tiempo nos entregò amarrados
a regar los jazmines
o a desangrarnos en una calle oscura:
la virtud o el dolor se repartieron
en zonas frías, en mordientes brasas,
y no había otra cosa que elegir:
los caminos del cielo,
antes tan transitados por los santos,
están poblados por especialistas.


Ya desaparecieron los caballos.

Los héroes van vestidos de batracios,
los espejos viven vacíos
porque la fiesta es siempre en otra parte,
en donde ya no esramos invitados
y hay pelea en las puertas.

Por eso es éste el llamado penúltimo,
el décimo sincero
toque de mi campana:
al jardín, camarada, a la azucena,
al manzano, al clavel intransigente,
a la fragancia de los azahares,
y luego a los deberes de la guerra.

Delgada es nuestra patria
y en su desnudo filo de cuchillo
arde nuestra bandera delicada.


[Desde que amaneciò con cuántos hoy]

Desde que amaneció con cuántos hoy
se alimentò este día?
Luces letales, movimientos de oro,
centrífugas luciérnagas,
gotas de luna, pústulas, axiomas,
todos los materiales superpuestos
del transcurso: dolores, existencias,
derechos y deberes:
nada es igual cuando desgasta el día
su claridad y crece
y luego debilita su poder.

Hora por hora con una cuchara
cae del cielo el ácido
y así es el hoy del día,
el día de hoy.


[El puerto puerto de Valparaíso]

El puerto puerto de Valparaíso
mal vestido de tierra
me ha contado: no sabe navegar:
soporta la embestida,
vendaval, terremoto,
ola marina,
todas las fuerzas le pegan
en sus narices rotas.

Valparaíso, perro pobre
ladrando por los cerros,
le pegan los pies
de la tierra
y las manos del mar.
Puerto puerro que no puede salir
a su destino abierto en la distancia
y aúlla
solo
como un tren de invierno
hacia la soledad,
hacía el mar implacable.


[Todos me preguntaban cuándo parto]

Todos me preguntaban cuándo parto,
cuándo me voy. Así pareceque uno hubiera sellado en silencio
un conrraío terrible:
irse de cualquier modo a alguna parte
aunque no quiera irme a ningún lado.

Señores, no me voy,
yo soy de Iquique,
soy de las viñas negras de Parral,
del agua de Temuco,
de la tierra delgada,
soy y estoy.


Lento

Don Rápido Rodríguez
no me conviene:
doña Luciérnaga Aguda
no es mí amor:
para andar con mis pasos amarillos
hay que vivir adentro
de las cosas espesas:
barro, madera, cuarzo,
merales,
construcciones de ladrillo:
hay que saber cerrar los ojos
en la luz,
abrirlos en la sombra,
esperar.


Sucede

Golpearon a mi puerta el 6 de agosto:
ahí no había nadie
y nadie entrò, se senrò en una silla
y transcurriò conmigo, nadie.

Nunca me olvidaré de aquella ausencia
que entraba como Pedro por su casa
y me satisfacía con no ser:
con un vacío abierto a rodo.

Nadie me interrogò sin decir nada
y contesté sin ver y sin hablar.

Qué entrevista espaciosa y especial!


Rama

Una rama de aromo, de mimosa,
fragante sol del entumido invierno,
compré en la feria de Valparaíso
y seguí con aromo y con aroma
hasta Isla Negra.

Cruzábamos la niebla,
campos pelados, espinares duros,
tierras irías de Chile
(bajo el cielo morado
la carretera muerta).

Sería amargo el mundo
en el viaje invernal, en el sinfín,
en el crepúsculo deshabitado,
si no me acompañara cada vez,
cada siempre,
la sencillez central
de una rama amarilla.


El embajador

Viví en un callejòn donde llegaban
a orinar todo garò y todo perro
de Santiago de Chile.
Era en 1925.
Yo me encerraba con la poesía
transportado al Jardín de Albert Samain,
al suntuoso Henri de Régnier,
al abanico azul de Maliarmé.

Nada mejor contra la orina
de millares de perros suburbiales
que un cristal redomado
con pureza esencial, con luz y cielo:
la ventana de Francia, parques fríos
por donde las estatuas impecables
-era en 1925-
se intercambiaban camisas de mármol,
patinadas, suavísimas al tacro
de numerosos siglos elegantes.

En aquel callejòn yo fui feliz.

Más tarde, años después,
llegné de Embajador a los Jardines.

Ya los poetas se habían ído.

Y las estatuas no me conocían.


Aquí

Me vine aquí a contar las campanas
que viven en el mar,
que suenan en el mar,dentro del mar.

Por eso vivo aquí.


[Si cada día cae]

Si cada día, cae
dentro de cada noche
hay un pozo
donde la claridad está encerrada.

Hay que sentarse a la orilla
del pozo de la sombra
y pescar luz caída
con paciencia.


Todos

Yo tal vez yo no seré, tal vez no pude,
no fui, no vi, no estoy:
¿qué es esto? ¿Y en qué junio, en qué madera
crecí hasta ahora, continué naciendo?

No crecí, no crecí, seguí muriendo?

Yo repetí en las puertas
el sonido del mar,
de las campanas.
Yo pregunté por mí, con embeleso
(con ansiedad más tarde),
con cascabel, con agua,
con dulzura:
siempre llegaba tarde.
Ya estaba lejos mi anterioridad,
ya no me respondía yo a mí mismo,
me había ido muchas veces yo.

Y fui a la pròxima casa,
a la pròxima mujer,
a todas partes
a preguntar por mí, por tí, por todos:
y donde yo no estaba ya no estaban,
todo estaba vacío
porque sencillamente no era hoy,
era mañana.

Por qué buscar en vano
en cada puena en que no existiremos
porque no hemos llegado todavía?

Así fue como supe
que yo era exactamente como tú
y como todo el mundo.


Pereza

No trabajé en domingo,
aunque nunca fui Dios.
Ni del lunes al sábado
porque soy criatura perezosa:
me contenté con mirar las calles
donde trabajaban llorando
picapedreros, magistrados, hombres
con herramientas o con ministerios.

Cerré todos mis ojos de una vez
para no cumplir con mis deberes:
ésa es la cosa
me susurraba a mí mismo
con todas, mis gargantas,
y con todas mis manos
acaricié soñando
las piernas femeninas que pasaban volando.

Luego bebí vino tinto de Chile
durante veinte días y diez noches.
Bebí ese vino color amaranto
que nos palpita y que desaparece
en tu garganta como un pez fluvial.

Debo agregar a este testimonio
que más tarde dormí, dormí, dormí

sin renegar de mi mala conducta
y sin remordimientos:
dormí tan bien como si lloviera
interminablemente
sobre todas las islas
de este mundo
agujereando con agua celeste
la caja de los sueños.


Nombres

Ay, Eduvigis, qué nombre tan bello
tienes, mujer de corazón azul:
es un nombre de reina
que poco a poco llegò a las cocinas
y no regresó a los palacios.

Eduvigis
está hecho de sílabas trenzadas
como racimos de ajos
que cuelgan de las vigas.

Si miramos tu nombre en la noche,
cuidado! resplandece
como una tiara desde la ceniza,
como una brasa verde
escondida en el tiempo.


Esperemos

Hay oíros días que no han llegado aún,
que están haciéndose
como el pan o las sillas o el producto
de las farmacias o de los talleres:
hay fábricas de días que vendrán:
existen artesanos del alma
que levantan y pesan y preparan
ciertos días amargos o preciosos
que de repente llegan a la puerta
para premiarnos con una naranja
o para asesinarnos de inmediato.


Las estrellas

De allí, de allí, señaló el campanero:
y hacia ese lado vio la muchedumbre
lo de siempre, el nocturno azul de Chile,
una palpitación de estrellas pálidas.

Vinieron más, los que no habían visto
nunca, hasta ahora, lo que sostenía
el cielo cada día y cada noche,
y otros más, otros más, más sorprendidos,
y todos preguntaban, ¿dónde, adonde?

Y el campanero, con grave paciencia,
indicaba la noche con estrellas,
la misma noche de todas las noches.


Ciudad

Suburbios de ciudad con dientes negros
y paredes hambrientas
saciadas con harapos de papel:
la basura esparcida,
un hombre muerto
entre las moscas de invierno
y la inmundicia:
Santiago,
cabeza de mi patria
pegada a la gran cordillera,
a las naves de nieve,
triste herencia
de un siglo de señoras colifinas
y caballeros de barbita blanca,
suaves bastones, sombreros de plata,
guantes que protegían uñas de águila.

Santiago, la heredada,
sucia, sangrienta, escupida,
triste y asesinada
la heredamos
de los señores y su señorío.

Cómo lavar tu rostro,
ciudad, corazón nuestro,
hija maldita,
cómo
devolverte la piel, la primavera,
la fragancia,
vivir contigo viva,
encenderte encendida,
cerrar los ojos y barrer tu muerte
hasta resucitarte y florecerte
y darte nuevas manos y ojos nuevos,
casas humanas, flores en la luz!


[Se llama a una puerta de piedra]

Se llama a una puerta de piedra
en la costa, en la arena,
con muchas manos de agua.
La roca no responde.

Nadie abrirá. Llamar es perder agua,
perder tiempo.
Se llama, sin embargo,
se golpea
rodo el día y el año,
todo el siglo, los siglos.

Por fin algo pasó.
La piedra es otra.

Hay una curva suave como un seno,
hay un canal por donde pasa el agua,
la roca no es la misma y es la misma.
Allí donde era duro el arrecife
suave sube la ola por la puerta
terrestre.


[Perdón si por mis ojos no llegó]

Perdón si por mis ojos no llegó
más claridad que la espuma maririai
perdòn porque mi espado
se extiende sin amparo
y no termina:
monótono es mi caneo,
mi palabra es un pájaro sombrío,
fauna de piedra y mar, el desconsuelo
de un plañera invernal, incorruptible.
Perdòn por esta sucesión del agua,
de la roca, la espuma, el desvarío
de la marea: así es mi soledad:
bruscos saltos de sal contra los muros
de mi secreto ser, de tal manera
que yo soy una parte
del invierno,
de la misma extensión que se repite
de campana en campana en tantas olas
y de un silencio como cabellera,
silencio de alga, canto sumergido.


[Sangrienta fue toda tierra del hombre]

Sangrienta fue toda tierra del hombre.
Tiempo, edificaciones, rutas, lluvia,
borran las constelaciones del crimen,
lo cierto es que un planeta tan pequeño
fue mil veces cubierto por la sangre,
guerra o venganza, asechanza o batalla,
cayeron hombres, fueron devorados,
luego el olvido fue limpiando
cada metro cuadrado: alguna vez
un vago monumento mentiroso,
a veces una cláusula de bronce,
luego conversaciones, nacimientos,
municipalidades, y el olvido.
Qué arfes tenemos para el exterminio
y qué ciencia para extirpar recuerdos.
Está florido lo que fue sangriento.
Prepararse, muchachos,
para otra vez matar, morir de nuevo,
y cubrir con flores la sangre.


[Trinó el zorzal, pájaro puro]

Trinò el zorzal, pájaro puro
de los campos de Chile:
llamaba, celebraba,
escribía en el viento.
Era temprano,
aquí, en invierno, en la costa.
Quedaba un arrebol celeste
como un delgado trozo de bandera
flotando sobre el mar.
Luego el color azul invadiò el cielo
hasta que todo se llenò de azul,
porque ése es el deber de cada día,
el pan azul de cada día.


[Allí está el mar? Muy bien, que pase]

Ahí está el mar? Muy bien, que pase.
Dadme
la gran campana, la de raza verde.
No, ésa no es, la otra, la que tiene
en la boca de bronce una ruptura,
y ahora, nada más, quiero estar solo
con el mar principal y la campana.
Quiero no hablar por una larga vez,
silencio, quiero aprender aún,
quiero saber si existo.


Final

Matilde, años o días
dormidos, afiebrados,
aquí o allá,
clavando,
rompiendo el espinazo,
sangrando sangre verdadera,
despertando tal vez
o perdido, dormido:
camas clínicas, ventanas extranjeras,
vestidos blancos de las sigilosas,
la torpeza en los pies.

Luego estos viajes
y el mío mar de nuevo:
tu cabeza en la cabecera,

tus manos voladoras
en la luz, en mi luz,
sobre mi tierra.

Fue tan bello vivir
cuando vivías!

El mundo es más azul y más terrestre
de noche, cuando duermo
enorme, adentro de tus breves manos.


 

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