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Neruda

DEFECTOS ESCOGIDOS

 

[1971-1973]



Repertorio

Aquí hay gente con nombres y con pies
con calle y apellido:
también yo voy en la hilera
con el hilo.
Hay los ya desgranados
en
el
pozo
que hicieron y en el que cayeron:
hay los buenos y malos a la vez,
los sacrificadores y la piedra
donde les cercenaron la cabeza
a cuantos se acercaron a su abismo.

Hay de todo en la cesta: solo son
cascabeles aquí, ruidos de mesa,
de tiros, de cucharas, de bigotes:
no sé qué me pasó ni qué pasaba
conmigo mismo ni con ellos,
lo cierto es que los vi,
los toqué y como anda la vida
sin detener sus ruedas
yo los viví cuando ellos me vivieron,
amigos o enemigos o paredes,
o inaceptables santos que sufrían,
o caballeros de sombrero triste,
o villanos que el viento se comió,
o todo más: el grano del granero
las culpas mías sin cesar desnudas
que al entrar en el baño cada día
salieron más manchadas a la luz.

Ay sálvese quien pueda!

Yo el archivista soy de los defectos
de un solo día de mi colección
y no tengo crueldad sino paciencia;
ya nadie llora, se pasó de moda
la bella lágrima como una azucena,
y hasta el remordimiento falleció,

Por eso yo presento roí corona
de inicuo juez que no contenta a nadie,
ni a los ladrones, ni a su digna esposa:
ya lo saben ustedes:
yo que hablo por hablar hubo de menos;
de cuanto he visto, de cuanto veré
me voy quedando ciego.


Antoine Coumge

Aquel alguien después de haber nacido
dedicó a socavarse su existencia
con ese material fue fabricando
su torre desdichada:
y para mí lo extraño de aquel hombre
tan claro y evidente como fue
era que se asomaba a la ventana
para que las mujeres y los hombres
lo vieran a través de los cristales
lo vieran pobre o rico, lo aplaudieran
con dos mujeres a la vez, desnudo,
lo vieran militante o desquiciado,
impuro, cristalino,
en su miseria, en su Jaguar ahíto
de drogas o enseñando la verdad,
o despeñado en su triste alegría.

Cuando esta llama se apagó parece
fácil, al resplandor de nuestra vida,
herir al que murió, cavar sus huesos,
desmoronar la torre de su orgullo:
golpear la grieta del contradictorio
comiendo el mismo pan de su amargura:
y medir al soberbio destronado
con nuestra secretísima soberbia:
ay no es eso! no es eso! lo que quiero
es saber si aquél era el verdadero:
el que se consumía y se incendiaba
o el que clamaba para que lo vieran:
si fue aquel artesano del desprecio
esperando el amor del despreciado
como tantos mendigos iracundos.

Aquí dejo esta historia:
yo no la terminé sino la muerte
pero se ve que todos somos jueces
y es nuestra voluntad encarnizada
participar en la injusticia ajena.


El otro

Ayer mi camarada
nervioso, insigne, entero,
me volvió a dar la vieja envidia, el peso
de mi propia substancia intransferible.

Te asalté a mí, me asalta
a tí, este frío de cuchillo
cuando te cambiaría por los otros,
cuando tu insuficiencia se desangra
dentro de ti como una vena abierta
y quieres construirte una vez más
con aquello que quieres y no eres.

Mi camarada, antiguo
de rostro como huella de volcán,
cenizas, cicatrices
junto a los viejos ojos encendidos
(lámparas de su propio subterráneo):
arrugadas las manos
que acariciaron el fulgor del mundo
y una seguridad independiente,
la espada del orgullo
en esas viejas manos de guerrero.
Eso tal vez es lo que yo quería
como destino, aquello
que no soy yo, porque
constantemente cambiamos de sol,
de casa, de país, de lluvia, de aire,
de libro y traje,
y lo mío peor sigue habitándome,
sigo con lo que soy hasta la muerte?

Mi cama rada, entonces,
bebió en mi mesa, habló tal vez, o tuvo
alguna de sus interrogaciones
duras como relámpagos
y se fue a sus deberes, a su casa,
llevándose lo que yo quise ser
y tal vez melancólico
de no ser yo, de no tener mis ojos,
mis ojos miserables.


Deuda externa

Entre graissage, lavage y el día dimanche
transcurre el traje verde de este viaje:
atravesando cervecerías se va al mar:
derribando palabras se llega al silencio:
a la tercera soledad, la escogida.

(Montenegro, el caballero sin espejo,
sale, asustado de las conversaciones,
y estima con gravedad que ha llegado la hora
de interrumpir con su presencia la naturaleza.)

Comprendemos a esta nueva estirpe de prisioneros:
él se quedó adentro de una reunión interminable
donde sin saber cuándo ni cómo,
inmóvil como una estalactita polar,
se dedicó, indefenso entre los capitalistas,
a mirar los rostros fríos de cada uno:
estaban congregados para juzgar a Chile
que les debía mil millones de dólares por cabeza.

Montenegro no supo jamás cómo llegó a esa jaula:
su vida sin embargo no había estado exenta
de aventuras con panteras delicadamente sangrientas,
o con serpientes pitones de respetable poderío:
había recorrido la selva de Ceilán al amanecer
disfrazado de cocodrilo para asustar a los elefantes:
pero nunca se creyó tan perdido como esta vez,
en este ministerio de labios delgados y mirada abstracta
en que se lanzaban números con frío furor.

Ninguno de los banqueros miró a Montenegro. La verdad
es que no se miraban el uno al otro (en el fondo
se conocían) (opacos y a la vez transparentes),
estaban todos de acuerdo en no aceptar a los intrusos,
a las moscas que caían sin cesar en el frío.

Ahora le parecía nadar en agua celeste,
volar eh la respiración de los bosques, nacer,
no tenía rumbo el precitado, ni alegría,
era el fugitivo de las bocas de París,
el inexacto, el partidario de gregarias costumbres
que había sido acribillado por miradas de revólver
y a punto de desangrarse se había embanderado
para pasar un agradable día campestre.

Dejemos al señor Montenegro reintegrarse a sus bares,
a sus estrepitosos amigos de colegio
y olvidemos en esta carretera de Francia
este automóvil que se dirige a Rouen
con un mortal cualquiera llamado Montenegro.
Cuando la Deuda Externa lo iba a matar de miedo
él se escapó por los campos de Francia.

Pido respeto por su escapatoria!


Un tal Montero

Lo conocí (y aquel hombre se llamaba
Montero) en el tumulto
de una guerra en que anduve.

Él estaba adherido a la política
como una concha a la geología,
y parecía ser la coralífera
expresión, uno más del organismo,
vital y vitalicio, jactancioso
de una pureza como la del pueblo.

Ahora bien, aquel hombre se rompió
y su autenticidad era mentira.
No era real, descubrimos,
no era una uva del racimo oscuro,
no era el gregario de la voluntad,
ni el capitán unánime:
todo lo que llevaba se cayó
como un viejo vestido. Y se quedó desnudo:
solo un vociferante individual
surgido de una ciénaga silvestre.

Mas lo que importa o lo que no soporto
es que la falsedad de éste o de aquél
hallen máscara y guaníes y vestidos
tan suntuosos y tan aderezados
que nosotros, los verdaderos,
convencidos del todo y boquiabiertos
colaboramos en su carnaval
sin saber bien en dónde está la vida.

Ay y que no se llame traidores
a tamos que enseñaron la verdad
viviéndola tal vez con entereza
para llegar a ser sus enemigos
y odiaron desde entonces
lo que ellos fueron y lo que siempre somos.

El pobre renegado
de Chamudes en charudeces vive,
sobrevive en hoteles presuntuosos
deslenguándose más y más amargo
hasta dilucidarse en el vacío
ya sin más compañía que su ombligo,

Por qué imprecarlos cuando se gastaron
vertiendo el frío que llevaban dentro?


Cabeza a pájaros

El caballero Marcenac
vino a verme al final del día
con más blancura en la cabeza
llena de pájaros aún.

Tiene palomas amarillas
adentro de su noble cráneo,
estas palomas le circulan
durmiendo en el anfiteatro
de su palomar cerebelo,
y luego el ibis escarlata
pasea sobre su frente
una ballesta ensangrentada.

¡Ay qué opulento privilegio!

Llevar perdices, codornices,
proteger faisanes vistosos
plumajes de oro que rehuyen
la terrenal cohetería,
pero además gorriones, aves
azules, alondras, canarios,
y carpinteros, pechirrojos,
bulbules, diucas, ruiseñores.

Adentro de su ciara cabeza
que el tiempo ha cubierto de luz
el caballero Marcenac
con su celeste pajarera
va por las calles. Y de pronto
la gente cree haber oído
súbitos cánticos salvajes
o trinos del amanecer,
pero como él no lo sabe
sigue su paso transeúnte
y por donde pasa lo siguen
pálidos ojos asustados.

El caballero Marcenac
ya se ha dormido en Saint-Denis:
hay un gran silencio en su casa
porque reposa su cabeza.


Charming

La encantadora familia
con hijas exquisitamente excéntricas
se va reuniendo en la tumba:
unos del brazo de la coca,
otros debilitados por las deudas:
con muchos grandes ojos pálidos
se dirigen en fila al mausoleo.

Alguno tardó más de lo previsto
(extraviado en safari o sauna o cama),
tardío se incorporó al crepúsculo,
al té filial de la final familia.

La generala austera
dirigía
y cada uno contaba su cuento
de matrimonios muy malavenidos
que simultáneamente se pegaban
golpes de mano, plato o cafetera,
en Bombay, Acapulco, Niza o Río.

La menor, de ojos dulces y amarillos,
alcanzó a desvestirse en todas partes,
precipitadamente Tempestuosa,
y uno de ellos salía de una cárcel
condenado por robos elegantes.

El mundo iba cambiando
porque el tiempo inmutable caminaba
del bracete de la Reforma Agraria
y era difícil encontrar dinero
colgado en las paredes: el reloj
ya no marcaba la hora sonriendo:
era otro rostro de la tarde inmóvil.

No sé cuándo se fueron:
no es mi papel anotar las salidas:
se fue aquella familia encantadora
y nadie ya recuerda su existencia:
la oscura casa es un colegio claro
y en la cripta se unieron los dispersos,

¿Cómo se llaman, cómo se llamaron?

Nadie pregunta ya, ya no hay memoria,
ya no hay piedad, y solo yo contesto
para mí mismo, con cierra ternura:
porque seres humanos y follajes
cumplen con sus colores, se deshojan:
siguen así las vidas y la tierra.


Llegó Homero

H. Arce y desde Chile. Señor mío,
qué distancia y qué parco caballero:
parecía que no, que no podía
salir de Chile, mi patria espinosa,
mi patria rocallosa y movediza.
De allí hasta acá, formalmente ataviado
de corbata y planchado pantalón,
atlántico llegó, después de todo,
sin comentar la heroica travesía
en un avión repleto,
el pasajero de primera vez.

Hay que tomar en cuenta
su identidad estática y poética,
de cada día el quieto numeral
que mantuvo en reposo
el noble fuego de su poesía.

Hay que saber las cosas de estos hombres
que de grandes que son se disimulan
menospreciando las hegemonías,
tan integrales como la madera
de las antiguas vigas suavizadas
por el tacto del tiempo y del decoro.

Ahora está aquí otra vez, mi compañero.
Y como lo conozco no le digo
nada, sino «Buenos días».


Peña brava

Hay una peña brava
aquí, en la costa:
el viento furibundo,
la sal del mar, la ira,
desde hace siempre, ahora
y ayer, y cada siglo
la atacaron:
tiene arrugas,
cavernas,
grietas, figuras, gradas,
mejillas de granito
y estalla el mar en la roca
amándola,
rompe el beso maligno
relámpagos de espuma,
brillo de luna rabiosa.
Es una peña gris,
color de edad, austera,
infinita, cansada, poderosa.


Paso por aquí

Qué compañero salutífero!
Da vueltas por el redondel
de mi república, y me parece
que ya se le caía la sonrisa
desde su tinglado, de su bicicleta,
o en la plaza taurina, planetaria,
más grande aún bajo la luz política,
y nada, nunca, siempre el impertérrito,
el integérrimo y su dentadura.

Este otro con su verdad y la mía,
la verdad verdadera,
amarrada a un madero, a una amenaza,
buscando a quien pegarle en la cabeza
con la frágil nariz de la justicia.

Y así, a través de siglos, qué salud
éste mi amigo en la verdad, y el otro
en otro redondel, y en la mentira.

Así aplaudo en el bien, con reticencia,
cierto pudor de pobre que va al circo
y tiene que volver de noche al pueblo
por los malos caminos de mi tierra.

Y al otro, saludable y adversario,
frenético malvado, con su ruedo
sí, sí, de estupefactos roedores,
yo, sectario, condeno y destituyo.

Con quién, hermano de mañana,
con quién me quedarás, te quedaré?
Cuál de las dos mitades energúmenas
tendrá su monumento en el camino?

Hagámoslas juntarse a fuego y lágrimas,
que se reúnan de una vez por todas
y no molesten con tanta bondad
ni con tanta maldad: ya comprendimos
que nunca lograremos ser tan buenos,
ni alcanzaremos a ser tan perversos:
mucho cuidado con cambiar la vida
y quedarnos viviendo a un solo lado!


Triste canción
para aburrir a cualquiera

Toda la noche me pasé la vida
sacando cuentas,
pero no de vacas,
pero no de libras,
pero no de francos,
peco no de dólares,
no, nada de eso.

Toda la vida me pasé la noche
sacando cuentas,
pero no de coches,
pero no de gatos,
pero no de amores,
no.

Toda la vida me pasé la luz
sacando cuentas,
pero no de libros,
pero no de perros,
pero no de cifras,
no.

Toda la luna me pasé la noche
sacando cuentas,
pero no de besos,
pero no de novias,
pero no de camas,
no.

Toda la noche me pasé las olas
sacando cuentas,
pero no de botellas,
pero no de dientes,
pero no de copas,
no.

Toda la guerra me pasé la paz
sacando cuentas,
pero no de muertos,
pero no de Sores,
no.

Toda la lluvia me pasé la tierra
haciendo cuentas,
pero no de caminos,
pero no de canciones,
no.

Toda la tierra me pasé la sombra
sacando cuentas,
pero no de cabellos,
no de arrugas,
no de cosas perdidas,
no.

Toda la muerte me pasé la vida
sacando cuentas:
pero de qué se trata
no me acuerdo,
no.

Toda la vida me pasé la muerte
sacando cuentas
y si salí perdiendo
o si salí ganando
yo no lo sé, la tierra
no lo sabe.

Etcétera.


El incompetente

Nací tan malo para competir
que Pedro y Juan se lo llevaban todo:
las pelotas,
las chicas,
las aspirinas y los cigarrillos.

Es difícil la infancia para un tonto
y como yo fui
siempre más tonto que los otros tontos
me birlaron los lápices, las gomas
y los primeros besos de Temuco.

Ay, aquellas muchachas!
Nunca vi unas princesas como ellas,
eran todas azules o enlutadas,
claras como cebollas, como el nácar,
manos de precisión, narices puras,
ojos insoportables de caballo,
pies como peces o como azucenas.

Lo cierto es que yo anduve
esmirriado y cubriendo con orgullo
mi condición de enamorado idiota,
sin atreverme a mirar una pierna
ni aquel pelo detrás de la cabeza
que caía como una catarata
de aguas oscuras sobre mis deseos.

Después, señores, me pasó lo mismo
por todos los caminos donde anduve,
de un codazo o con dos ojos fríos
me eliminaban de la competencia,
no me dejaban ir al comedor,
todos se iban de largo con sus rubias.

Y yo no sirvo para rebelarme.

Esto de andar luciendo
méritos o medallas escondidas,
nobles acciones, títulos secretos,
no va con mi pasmada idiosincrasia;
yo me hundo en mi agujero
y de cada empujón que me propinan
retrocediendo en la zoología
me fui como los topos, tierra abajo,
buscando un subterráneo confortable
donde no me visiten ni las moscas.

Esa es mí triste historia
aunque posiblemente menos triste
que la suya, señor,
ya que también posiblemente pienso,
pienso que usted es aun más tonto todavía.


Orégano


Cuando aprendí con lentitud
a hablar
creo que ya aprendí la incoherencia:
no me entendía nadie, ni yo mismo,
y odié aquellas palabras
que me volvían siempre
al mismo pozo,
al pozo de mi ser aún oscuro,
aún traspasado de mi nacimiento,
hasta que me encontré sobre un andén
o en un campo recién estrenado
Una palabra: orégano,
palabra que me desenredó
corno sacándome de un laberinto.

No quise aprender más palabra alguna.

Quemé los diccionarios,
me encerré en esas sílabas cantoras,
retrospectivas, mágicas, silvestres,
y a todo grito por la orilla
de los ríos,
entre las afiladas espadañas
o en el cemento de la ciudadela,
en minas, oficinas y velorios,
yo masticaba mi palabra orégano
y era como si fuera una paloma
la que soltaba entre los ignorantes,

Qué olor a corazón temible,
qué olor a violetario verdadero,
y qué forma de párpado
para dormir cerrando los ojos:
la noche tiene orégano
y otras veces haciéndose revólver
me acompañó a pasear entre las fieras:
esa palabra defendió mis versos.

Un tarascón, unos colmillos (iban
sin duda a destrózarme
los jabalíes y los cocodrilos):
entonces
saqué de mi bolsillo
mi estimable palabra:
orégano, grité con alegría,
blandiéndola en mi mano temblorosa.

Oh milagro, las fieras asustadas
me pidieron perdón y me pidieron
humildemente orégano.

Oh lepidóptero entre las palabras,
oh palabra helicóptero,
purísima y preñada
como una aparición sacerdotal
y cargada de aroma,
territorial como un leopardo negro,
fosforescente orégano
que me sirvió para no hablar con nadie,
y para aclarar mi destino
renunciando al alarde del discurso
con un secreto idioma, el del orégano.


Los que me esperan en Milán

Los que me esperan en Milán
están muy lejos de la niebla
no son los que están y son ellos
además de oíros que me esperan.
Seguramente no llegaron
porque tienen piernas de piedra
y están en círculo esperando
a la entrada de las iglesias,
alas gastadas que no vuelan
narices cotas hace tiempo.

No saben estos que me esperan
que yo hacia ellos voy bajando
desde las nubes y las dudas.

Los santos ensimismados
las venus de narices rotas
los atrabiliarios reptiles
que se enroscan y se engargolan.
Las serpientes del Paraíso
y los profetas aburridos
llegan temprano a sus pórticos
para esperarme con decoro.


Parodia del guerrero

¿Y qué hacen allá abajo?
Parece que andan todos ocupados,
hirviendo en sus negocios.

Allá abajo, allá abajo,
allá lejos,
andan tal vez estrepitosamente,
de aquí no se ve mucho,
no les veo las abocas,
no les veo
detalles, sonrisas
o zapatos derrotados.
Pero, ¿por qué no vienen?
¿Dónde van a meterse?

Aquí estoy, aquí estoy,
soy el campeón mental de ski, de box,
de carrera pesada,
de alas negras,
soy el verdugo,
soy el sacerdote,
soy el más general de las batallas,
no me dejen,
no, por ningún motivo,
no se vayan,
aquí tengo un reloj,
tengo una bala,
tengo un proyecto de guerrilla bancaria,
soy capaz de todo,
soy padre de todos ustedes,
hijos malditos:
qué pasa,
me olvidaron?

Desde aquí arriba los veo:
qué torpes son sin mis pies,
sin mis consejos,
qué mal se mueven en el pavimento,
no saben nada del sol,
no conocen la pólvora,
tienen que aprender a ser niños,
a comer, a invadir,
a subir las montanas,
a organizar los cuadernos,
a matarse las pulgas,
a descifrar el territorio,
a descubrir las islas.


Ha terminado todo.

Se han ido por sus calles a sus guerras,
a sus indiferencias, a sus camas.
Yo me quedé pegado
entre los dientes de la soledad
como un pedazo de carne mascada,
como el hueso anterior
de una bestia extinguida.

No hay derecho! Reclamo
mi dirección zonal, mis oficinas,
el rango que alcancé en el regimiento,
en la cancha de los peloteros,
y no me resigno a la sombra.

Tengo sed, apetito de la luz,
y solo trago sombra.


Otro castillo

No soy, no soy el ígneo,
estoy hecho de ropa, reumatismo,
papeles rotos, citas olvidadas,
pobres signos rupestres
en lo que fueron piedras orgullosas.

¿En qué quedó el castillo de la lluvia,
la adolescencia con sus tristes sueños
y aquel propósito entreabierto
de ave extendida, de águila en el cielo,
de fuego heráldico?

No soy, no soy el rayo
de fuego azul, clavado como lanza
en cualquier corazón sin amargura.

La vida no es la punta de un cuchillo,
no es un golpe de estrella,
sino un gastarse adentro de un vestuario,
un zapato mil veces repetido,
una medalla que se va oxidando
adentro de una caja oscura, oscura.

No pido nueva rosa ni dolores,
ni indiferencia es lo que me consume,
sino que cada signo se escribió,
la sal y el viento borran la escritura
y el aíma ahora es un tambor callado
a la orilla de un río, de aquel río
que estaba allí y allí seguirá siendo.


El gran orinador

El gran orinador era amarillo
y el chorro que cayó
era una lluvia color de bronce
sobre las cúpulas de las iglesias,
sobre los techos de los automóviles,
sobre las fábricas y los cementerios,
sobre la multitud y sus jardines.

¿Quién era, dónde estaba?

Era una densidad, líquido espeso
lo que caía
como desde un caballo
y asustados transeúntes
sin paraguas
buscaban hacia el cielo,
mientras las avenidas se anegaban
y por debajo de las puertas
entraban los orines incansables
que iban llenando acequias, corrompiendo.
pisos de mármol, alfombras,
escaleras.

Nada se divisaba. ¿Dónde
estaba el peligro?

¿Qué iba a pasar en el mundo?

El gran orinador desde su altura
callaba y orinaba.

¿Qué quiere decir esto?

Soy un simple poeta,
no tengo empeño en descifrar enigmas,
ni en proponer paraguas especiales.

Hasta luego! Saludo y me retiro
a un país donde no me hagan preguntas.


Muerte y persecución de los gorriones

Yo estaba en China
por aquellos días
cuando Mao Tse-tung, sin entusiasmo,
decretó el inmediato
fallecimiento de todos los gomones.

Con la misma admirable
disciplina
con que se construyó la gran muralla
la multichina se multiplicó
y cada chino buscó al enemigo.

Los niños, los soldados, los astrónomos,
las niñas, las soldadas, las asorónomas,
los aviadores, los sepultureros,
los cocineros chinos, los poetas,
los inventores de la pólvora, los
campesinos del arroz sagrado,
los inventores de juguetes, los
políticos de sonrisa china,
todos se dirigieron
al gorrión
y éste cayó con millonaria muerte
hasta que el último, un gorrión supremo,
fue fusilado por Mao Tse-tung,

Con admirable disciplina entonces
cada chino partió con un gorrión,
con un triste, pequeño cadáver de gorrión
en el bolsillo,
cada uno
de setecientos treinta
millones de
ciudadanos chinos
con un gorrión en
cada uno
de setecientos treinta
millones de bolsillos,
todos marcharon entonando antiguos
himnos de gloria y guerra
a encerrar allá lejos,
en las montañas de la Luna Verde
uno por uno los gorriones muertos.

Durante diecisiete años seguidos
cada uno en pequeño mausoleo,
osario individual, tumba florida
o rápida huesera colectiva
uno por uno sucesivamente
quedaron sepultados
enteramente los gorriones chinos.

Pero pasó algo extraño.
Cuando se fueron los enterradores
cantaron los pequeños enterrados:
un trueno de gorriones
pasó tronando por la tierra china:
la voz de una trompeta planetaria.

Y aquella voz despertó a los mortales,
a los antiguos muertos,
a los siglos de chinos enterrados.

Volvieron a sus vidas
a sus arados, a su economía.

No hago reproches. Déjenme tranquilo.

Pero así queda en claro
por qué hay más chinos y menos gorriones
cada día en el mundo,


Paseando con Laforgue

Diré de esta manera, yo, nosotros,
superficiales, mal caídos de profundos,
por qué nunca quisimos ir del brazo
con este tierno Julio, muerto sin compañía?
Con un purísimo superficial
que tal vez pudo enseñamos la vida a su manera,
la luna a su manera,
¿sin la aspereza hostil del derrotado?

Por qué no acompañamos su violin
que deshojó el otoño de papel de su tiempo
para uso exclusivo de cualquiera,
de todo el mundo, ¿cómo debe ser?

Adolescentes éramos, tontos enamorados
del áspero renor de Sils-María,
ése sí nos gustaba,
la irreductible soledad a contrapelo,
la cima de los pájaros águilas
que solo sirven para las monedas,
emperadores, pájaros destinados
al embalsamamiento y los blasones.

Adolescentes de pensiones sórdidas,
nutridos de incesantes spaghettis,
migas de pan en los bolsillos rotos,
migas de Nietzsche en las pobres cabezas:
sin nosotros se resolvía todo,
las calles y las casas y el amor:
fingíamos amar la soledad
como los presidiarios su condena.

Hoy ya demasiado tarde volví a verte,
Jules Laforgue,
gentil amigo, caballero triste,
burlándote de todo cuanto eras,
solo en el parque de la Emperatriz
con tu luna portátil
-la condecoración que te imponías-
tan correero con el atardecer,
tan compañero con la melancolía,
tan generoso con el vasto mundo
que apenas alcanzaste a digerir.

Porque con tu sonrisa agonizante
llegaste tarde, suave joven bien vestido,
a consolarnos de nuestras pobres vidas
cuando va te casabas con la muerte.

Ay cuánto uno perdió con el desdén
en nuestra juventud menospreciante
que solo amó la tempestad, la furia,
cuando el frufrú que tú nos descubriste
o el solo de astro que nos enseñaste
fueron una verdad que no aprendimos:
la belleza del mundo que perdías
para que la heredáramos nosotros:
la noble cifra que no desciframos:
tu juventud mortal que quería enseñarnos
golpeando la ventana con una hoja amarilla:
tu lección de adorable profesor,
de compañero puro
tan reticente como agonizante.


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